El rural produce mucho que no se contabiliza. Alimento para el autoconsumo, cuidado de personas dependientes, gestión de paisajes que otros visitan, mantenimiento de conocimientos que otros usarán. Toda esa actividad existe, tiene valor y sostiene vidas. La economía convencional no la ve, y esa ceguera no es neutral: orienta recursos hacia lo que mide y deja sin protección lo que no puede medir.
La economía convencional mide lo que pasa por el mercado. Lo que no tiene precio no cuenta. Esa definición, aparentemente técnica, tiene consecuencias políticas concretas: invisibiliza el trabajo de cuidados, desvaloriza la producción para el autoconsumo, ignora la gestión del territorio que nadie paga y no protege el conocimiento local que no genera PIB. En el medio rural, la magnitud de esta economía invisible es especialmente grande, y su erosión explica buena parte de los procesos de vaciamiento que las políticas convencionales no consiguen revertir. Este cuaderno propone el concepto de "economía del sostenimiento" para nombrar el conjunto de actividades que mantienen las condiciones de vida en el rural sin que la economía de mercado las reconozca ni las remunere: trabajo doméstico y de cuidados, producción para el autoconsumo, gestión comunitaria del territorio y transmisión de conocimiento. Se revisan los marcos teóricos de la economía feminista (Pérez Orozco, Carrasco) y la economía del dónut (Raworth), se analizan sus implicaciones para el rural español y se propone una agenda de reconocimiento y valoración que no exige convertirlo todo en mercancía.
Mainstream economics measures what passes through the market. What has no price does not count. That apparently technical definition has concrete political consequences: it makes care work invisible, devalues subsistence production, ignores land stewardship that nobody pays for, and fails to protect local knowledge that generates no GDP. In rural areas, the scale of this invisible economy is particularly large, and its erosion explains much of the depopulation dynamics that conventional policies fail to reverse. This workbook proposes the concept of "sustaining economy" to name the set of activities that maintain the conditions of life in rural areas without being recognised or remunerated by the market economy: domestic and care work, subsistence production, communal land management and knowledge transmission. It reviews the theoretical frameworks of feminist economics (Pérez Orozco, Carrasco) and doughnut economics (Raworth), analyses their implications for rural Spain, and proposes an agenda of recognition and valuation that does not require turning everything into a commodity.
Hay una mujer en un pueblo de montaña gallego que cuida a su madre con demencia, mantiene una huerta de media hectárea que alimenta a tres familias, participa en la comunidad de montes que gestiona 200 hectáreas de robledal y sabe distinguir doce variedades de manzana local. Ninguna de esas actividades cuenta en el PIB municipal. En el informe de desarrollo rural que ese municipio presentará a la Diputación, ella no existe como agente económico.
Eso no es una anomalía estadística. Es el resultado de una decisión de qué cuenta como economía. Desde que Simon Kuznets diseñó el sistema de cuentas nacionales en los años treinta — encargado para calcular la capacidad de producción de guerra de Estados Unidos — el mercado fue el criterio de inclusión: lo que se compra y se vende existe; lo que no, no. Esa definición, útil para su propósito original, se generalizó hasta convertirse en la forma dominante de entender qué es la economía. Sus consecuencias son hoy tan naturalizadas que es difícil verlas como lo que son: una elección política que tiene ganadores y perdedores.
Los perdedores más sistemáticos son los que producen valor sin pasarlo por el mercado. Y en el rural, esa economía invisible es estructuralmente más grande que en los entornos urbanos: la producción para el autoconsumo, el cuidado de personas dependientes sin servicios externos, la gestión del territorio como bien colectivo, la transmisión de conocimiento fuera de los circuitos formales. Todo eso sostiene la vida rural cotidiana. Y todo eso desaparece del mapa cuando la política diseña sus intervenciones.
La consecuencia directa para el rural es que las políticas de desarrollo rural diseñadas con indicadores de mercado tienden a apoyar lo que ya existe en el mercado — las explotaciones agrarias registradas, las empresas de turismo, los proyectos con plan de negocio — y a ignorar lo que sostiene el territorio antes de que haya ningún plan de negocio. Cuando lo que hay que sostener desaparece, los proyectos que dependían de ello también desaparecen, aunque el sistema de evaluación nunca registre la cadena causal.
La economía feminista ha desarrollado la metáfora del iceberg para describir la relación entre la economía de mercado y la economía del sostenimiento: la parte visible — producción, comercio, servicios remunerados — flota gracias a una base sumergida de trabajo no remunerado que la sostiene. Sin esa base, la parte visible se hunde. Pero la política económica mira solo la superficie y diseña sus intervenciones como si el hielo bajo el agua no existiera.
Explotaciones agrarias registradas · Empresas de turismo · Comercio y servicios remunerados · Contratos de trabajo · PIB municipal
Trabajo de cuidados no remunerado · Producción para autoconsumo · Gestión comunitaria del territorio · Transmisión de conocimiento local · Mantenimiento del paisaje · Reciprocidad y ayuda mutua comunitaria
En el rural español, la proporción de economía sumergida respecto a la visible es mayor que en las ciudades, por razones estructurales. Los servicios de cuidados institucionales son escasos — la ratio de plazas residenciales por habitante mayor es sustancialmente inferior en municipios rurales que en los urbanos — lo que significa que el cuidado de personas dependientes recae en mayor medida en las redes familiares y comunitarias. La producción para el autoconsumo sigue siendo relevante en muchas comarcas, especialmente las de montaña. Y la gestión del territorio — pastos, montes, acequias, caminos — depende en gran medida de trabajo voluntario y comunitario que no genera ningún registro contable.
Lo que el CLACSO documenta para el rural latinoamericano tiene su correlato estructural en el europeo: el solapamiento de actividades productivas con las tareas de reproducción social y biológica de la unidad doméstica invisibiliza el trabajo que realizan las mujeres. Y ese solapamiento es especialmente intenso en contextos rurales donde los límites entre producción y reproducción son más difusos que en los entornos de trabajo asalariado urbano.
La economía del sostenimiento rural no es una categoría homogénea. Contiene al menos cuatro tipos de trabajo con características distintas, todos invisibles para los sistemas de medición convencionales, todos necesarios para que el sistema territorial funcione.
El cuidado de personas dependientes — infancia, personas mayores, personas con discapacidad, enfermos — que en el rural recae en mayor medida sobre redes familiares y comunitarias por ausencia de servicios institucionales. Incluye también el cuidado de personas autónomas que dependen de apoyo práctico y afectivo para vivir en un entorno rural con servicios limitados.
En España, las mujeres dedican en promedio más del doble de tiempo que los hombres al trabajo de cuidado no remunerado (OIT, 2019). En el rural, ese tiempo es mayor por la menor disponibilidad de servicios sustitutivos.
La huerta familiar o comunitaria, la cría de animales para autoconsumo, la elaboración de conservas, la recolección de productos silvestres: formas de producción alimentaria que no generan factura pero que reducen la dependencia de los mercados externos, mantienen la soberanía alimentaria a escala doméstica y conservan variedades y técnicas que el mercado no puede preservar.
El cuidado de la huerta, los animales, las semillas y la recolección de frutos son tareas no remuneradas consideradas no productivas, aunque provean alimento y hagan a las condiciones de sobrevivencia de millones de personas (ANRed/CLACSO).
La gestión de bienes comunes — montes, pastos, acequias, caminos rurales, fuentes — que en muchos territorios sigue dependiendo de trabajo colectivo no remunerado: jornadas de mantenimiento, participación en comunidades de regantes o juntas de montes, vigilancia voluntaria de incendios, recuperación de senderos. Sin ese trabajo, los recursos naturales colectivos se degradan aunque nadie lo registre hasta que ya es irreversible.
El abandono de la gestión forestal comunitaria contribuye al incremento del riesgo de incendios. Los más de 330.000 hectáreas ardidas en España en agosto de 2025 ilustran el coste territorial de dejar de hacer este trabajo invisible (Oficina C, 2024).
El conocimiento de variedades locales, razas autóctonas, técnicas de gestión del agua, prácticas de manejo forestal adaptadas al territorio, recetas y elaboraciones tradicionales: un patrimonio cognitivo que se transmite oralmente y mediante la práctica, fuera de cualquier sistema formal de educación o certificación. Cuando quien lo porta muere sin transmitirlo, desaparece. No hay resurrección posible por decreto ni por financiación.
La actividad de provisión de alimentos — incluyendo la producción, conserva y preparación — aporta a la economía del país más que el sector agrícola en un año, según estimaciones sobre trabajo de cuidado no remunerado en México (UMICH, 2020). En el rural europeo, proporciones análogas son estructuralmente plausibles.
Kate Raworth publicó en 2017 Doughnut Economics, un libro que propone reemplazar el PIB como objetivo central de la política económica por un marco de doble límite: un suelo social — las necesidades básicas que toda persona debe poder cubrir — y un techo ecológico — los límites planetarios que no se pueden sobrepasar. Entre ambos está el espacio donde la humanidad puede prosperar. Lo que la metáfora del dónut hace evidente, con toda su sencillez, es que la economía convencional solo mide si se produce más, no si se vive bien dentro de unos límites.
Para el rural español, el marco de Raworth tiene una aplicación directa: muchos territorios producen por debajo de su capacidad de mercado (están bajo el suelo social en términos de servicios e ingresos) y al mismo tiempo gestionan ecosistemas que están siendo empujados hacia el techo ecológico por presiones externas. La política que solo mira el PIB no puede ver ninguna de las dos cosas simultáneamente.
Lo más relevante del argumento de Raworth para este cuaderno es su señalamiento sobre la economía del hogar: en el diagrama del dónut, la base de la economía de mercado descansa sobre la economía del hogar y la comunidad, que a su vez descansa sobre los sistemas vivos de la Tierra. La economía de mercado no genera por sí misma las condiciones de su propio funcionamiento. Esas condiciones las produce trabajo que el mercado no paga.
En el rural, esa dependencia es más visible porque la distancia entre la economía de mercado y las bases que la sostienen es menor. El productor que vende queso en el mercado depende de la huerta de su madre para alimentar a su familia mientras el negocio arranca. La casa rural que ofrece desayunos locales depende de la agricultora que mantiene la huerta a dos kilómetros. El turismo que visita el paisaje depende de la comunidad que lo gestiona sin cobrar por hacerlo. El hilo es visible. Pero la política no lo sigue.
La siguiente tabla contrasta cómo el paradigma de la economía de mercado y el paradigma de la economía del sostenimiento valoran distintas actividades rurales. La diferencia no es solo conceptual: produce políticas distintas, asigna recursos de forma distinta y protege cosas distintas.
| Actividad rural | Economía de mercado | Economía del sostenimiento |
|---|---|---|
| Mujer que cuida a su madre y a sus nietos en el pueblo | Inactiva. No figura en la tasa de empleo. Sin cotización, sin protección social propia. | Provee servicios de cuidado que evitan dos plazas residenciales. Su trabajo sostiene la continuidad generacional en el territorio. |
| Huerta familiar de media hectárea para autoconsumo | No genera valor añadido. No cotiza. Si el productor la abandona para ir a trabajar a la ciudad, el PIB sube. | Produce soberanía alimentaria, conserva variedades locales, reduce dependencia de mercados externos, mantiene conocimiento agrícola. |
| Jornada de mantenimiento de la comunidad de montes | Trabajo voluntario no remunerado. No visible en ningún indicador económico. | Previene incendios, mantiene la capacidad hídrica, gestiona bienes comunes y sostiene la institución de gobernanza que los protege. |
| Anciana que enseña a hacer embutido tradicional a sus vecinos | Actividad informal sin valor económico. Su muerte significa la extinción de ese conocimiento, que no consta en ningún registro. | Transmite un patrimonio cognitivo que puede sostener una actividad artesanal, un producto de calidad diferenciada o simplemente la autonomía alimentaria de una comunidad. |
| Red de vecinos que ayuda a personas mayores aisladas | Capital social. Incontable. Invisible a todos los efectos de política pública. | Permite que personas mayores permanezcan en su entorno, retrasa o evita la institucionalización, mantiene el tejido social que hace posible la vida en el pueblo. |
Ante la invisibilidad de la economía del sostenimiento, la respuesta más intuitiva es mercantilizarla: si el cuidado de personas tiene valor, hay que crear un mercado de cuidados. Si la gestión del paisaje tiene valor, hay que crear pagos por servicios ecosistémicos. Si el conocimiento local tiene valor, hay que registrarlo y licenciarlo. Esa solución es mejor que ignorarlo, pero tiene límites importantes que conviene no ignorar.
El primero es que la mercantilización transforma la naturaleza de lo que mercantiliza. Un cuidado prestado por amor o por sentido de la responsabilidad comunitaria no es lo mismo que un cuidado prestado como servicio de mercado: el primero incluye dimensiones relacionales, afectivas y de reciprocidad que el segundo no puede incorporar sin perder algo esencial. Cuando se mercantiliza el cuidado en el rural, a menudo se exporta a trabajadoras externas que se llevan la renta a otro lugar, mientras se erosiona la red comunitaria que lo prestaba gratuitamente.
El segundo es que la mercantilización selecciona qué partes del sostenimiento son rentables y abandona el resto. Los pagos por servicios ecosistémicos tienden a concentrarse en los ecosistemas más visibles y medibles — carbono, agua, biodiversidad en áreas protegidas — y a ignorar los servicios de los paisajes agrarios ordinarios que sostienen la vida cotidiana rural sin generar créditos de carbono.
El tercero, y más profundo, es que la mercantilización no resuelve el problema de la invisibilidad: lo pospone. Si el cuidado de una persona mayor en el pueblo vale porque crea un empleo remunerado, ¿qué pasa cuando ese empleo desaparece? Si el valor del paisaje rural depende de los visitantes que pagan por verlo, ¿qué pasa cuando dejan de venir? La economía del sostenimiento tiene valor independiente de los mercados, y ese valor requiere instrumentos de reconocimiento que no sean únicamente de mercado.
Reconocer la economía del sostenimiento no exige convertirla toda en mercancía. Hay instrumentos que permiten hacerla visible, protegerla y alinear con ella los recursos públicos sin eliminar su lógica propia.
Varios países han desarrollado cuentas satélite que estiman el valor del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado como porcentaje del PIB. España tiene ese instrumento a nivel nacional. No existe, sin embargo, una desagregación rural/urbana sistemática. Desarrollarla daría visibilidad a la magnitud de la economía del sostenimiento rural y permitiría argumentar políticamente su relevancia con datos.
Las personas que prestan cuidados no remunerados en entornos rurales — en su mayoría mujeres — acumulan periodos sin cotización que se traducen en pensiones bajas o inexistentes. El sistema de cuidadores no profesionales de la Ley de Dependencia reconoce parcialmente ese trabajo, pero con cobertura insuficiente y criterios que excluyen muchas situaciones rurales. Expandir ese reconocimiento es, simultáneamente, una política de equidad de género y una política de desarrollo rural.
Las comunidades de montes, juntas de regantes, asociaciones de gestión forestal y otras formas de gestión colectiva del territorio realizan trabajo de valor público sin remuneración sistemática. Crear instrumentos de financiación que reconozcan ese trabajo — no como subvención al negocio, sino como retribución por un servicio público que prestan — haría más sostenibles estas instituciones y reduciría la dependencia de la disponibilidad de trabajo voluntario que tiende a agotarse con el envejecimiento.
El conocimiento local rural tiene una ventana temporal de transmisión que se cierra con la muerte de quienes lo portan. Los programas de etnobotánica, de recuperación de variedades, de documentación de técnicas tradicionales de gestión del agua o del bosque: todos tienen rentabilidad de largo plazo que ningún evaluador de proyectos con horizonte de tres años puede capturar. Financiarlos como inversión en capital cognitivo territorial, no como gasto cultural, cambiaría su posición en las prioridades presupuestarias.
Los Planes de Desarrollo Rural, los Planes de Acción Local de los GAL y los planes estratégicos municipales usan casi exclusivamente indicadores de mercado. Introducir indicadores de sostenimiento — tasa de cobertura de cuidados formales e informales, extensión de producción para autoconsumo, horas de trabajo voluntario en gestión del territorio, número de titulares activos de conocimiento local documentado — haría que las intervenciones pudieran orientarse hacia lo que importa para la continuidad de la vida rural, no solo hacia lo que genera transacciones registrables.
La economía del sostenimiento plantea tensiones que no se resuelven con buenas intenciones. Reconocer el trabajo no remunerado puede también fijar a quienes lo prestan en ese rol si no va acompañado de una redistribución real de la carga. Valorizar el conocimiento local puede crear incentivos para su privatización. Financiar la gestión comunitaria puede introducir lógicas burocráticas que erosionen exactamente la informalidad que la hace funcionar. Estas tensiones merecen debate, no silencio.