Campo Vidal abrió desde una posición personal: hijo de un pueblo de 158 habitantes, vivió de cerca la lógica que durante décadas expulsó talento del interior. La anécdota del profesor que consideraba más listos a los que emigraban sintetiza un imaginario colectivo que, según él, hay que desmontar sin romantizar.
Su intervención giró en torno a la carga semántica de los nombres que se le han dado al rural: España del interior, España vacía, España vaciada, España abandonada. Todos negativos. Propuso abandonar esa narrativa no para ocultar los problemas reales, sino porque el lenguaje condiciona las soluciones que somos capaces de imaginar.
«Las ciudades estamos en deuda con el mundo rural. Hay que agradecer esa deuda a través de leyes que beneficien al mundo rural.»
En términos concretos, señaló que existen flujos en ambas direcciones: salida por estudios y oportunidades laborales, entrada de emprendedores y jubilados que valoran la calidad de vida y el coste de la vivienda.
Reforzar los flujos de entrada pasa por cuatro palancas: apoyo real al emprendimiento, soluciones de vivienda asequible, reducción de la burocracia, y mejora en la comunicación sobre el rural. Puso como ejemplo Conéctate 35, que lleva conectividad a zonas por encima de los 2.000 metros de altitud y que apenas se conoce. Cerró con una advertencia sobre el relevo en el comercio: cuando cierra una tienda en el rural, no se vuelve a abrir. El margen de error es mucho menor que en las ciudades.



























































